Miguel Lillo


Sobre finales del siglo XIX, una mañana de primavera, como todas las de mi tierra, tibia y sensual, un adolescente apenas, más bien un niño, camina rumbo a la montaña. Es día de asueto, va solo, lleva su magra merienda bajo el brazo. Por fin, el curioso colegial va a satisfacer un deseo que lo oprime tenazmente, va a ver lo que hay allá; lo que tantas veces se ha preguntado mirando la montaña próxima, desde alguna calle abierta de su pequeña ciudad.
El camino es largo... Fatigosa la subida, entre la maraña del bosque hostil... Le rinde la fatiga y allí por tierra queda dormido; al despertar abre los ojos y el follaje entolda el cielo. El oído es deleitado por múltiples cantos de aves ocultas, las cotorras parlotean y algún pájaro desconocido describe un arco de colores con su vuelo, los insectos zumban y todo el bosque está poblado de rumores extraños. Parpadea, mira de nuevo, aguza el oído, se aproxima, palpa, todo en vano... Todo es desconocido. ¿Qué son y de dónde vienen esas rocas? ¿Qué es y cómo se llaman aquel pájaro y este árbol, el otro y el otro? Las hojas son todas parecidas, pero qué desilusión, son todas diferentes. Terrible sacudida. Estaba frente a un mundo nuevo, totalmente nuevo, frente a la naturaleza misteriosa y desconocida. Y la palpó con la ansiedad con que un ciego palpa un muro, buscando una salida.
Aquella noche nuestro colegial no duerme, se ha quemado en el fuego sagrado, y su ardor le va a durar toda la vida.
Esto es una promesa, y más tarde la cumple; ese adolescente era Miguel Lillo.
Estudiante más bien distinguido, termina su bachillerato, y a pesar de sus buenas disposiciones, como él mismo lo anota, por perentorias razones económicas no puede continuar sus estudios.
Debe ganarse la vida en el trabajo. Sus años de Colegio Nacional van a ser la única enseñanza oficial que recibe, y éste es el único establecimiento de cultura que frecuenta; como veremos, todo lo demás es él mismo...
1882, Trabaja como empleado de farmacia;
1883, recibe su primer nombramiento, el de ayudante de Física y Química del Colegio Nacional, y su espíritu de observación se va mostrando. Inicia sus anotaciones meteorológicas, que ha de seguir diaria y personalmente registrándolas, varias veces al día durante cincuenta años;
1885, ingresa de auxiliar a la Oficina Química de la Provincia. Estudia Física y Química obstinadamente, hasta desvelarse;
1888, funda juntamente con su director el Boletín de la Oficina Química y en ella encontramos su primer trabajo científico publicado;
1889, es docente de la Escuela Normal en Ciencias Naturales;
1890, es nombrado profesor de Química en el Colegio Nacional; tiene 28 años de edad y vamos a ver bajo qué signos augurales entra plenamente a su vida de predestinado, ya que hemos asistido al despertar de su vocación, que es el conocimiento.
Sabemos los componentes básicos de la personalidad del hombre y de estos componentes son unos pocos los que, vigorosamente manifestados, definen en absoluto las características y orientaciones de una vida y a la postre se levantan como mástiles y todo lo demás del ser gira a su alrededor como satélite.
Biológicamente, dos esferas orgánicas privan y definen a Lillo y bajo ese binomio, se condicionan su destino, su pensamiento, su carácter y su acción. Un término es positivo: su cerebro, condiciona su vida pura e íntegramente intelectual, bajo todos sus aspectos. El otro término es negativo, su distrofia glandular que condiciona su hipogenitalismo, con todas sus ulterioridades y últimas consecuencias que marcan su carácter y rigen sus sentimientos.
Por eso le fue dado fácil negarse a sí mismo y a seguir la voz del intelecto puro, a totalizarse en el conocimiento universal; para él la vida es conocer y nada más que conocer.
Aquel complejo de inferioridad fisiológica a pesar de todo, le permitió tempranamente conquistar, en cierto modo, lo que podría llamarse una dolorosa libertad, aproximándose a sí mismo.
Cuando se inicia una biografía, es de práctica: nació en tal parte, fueron sus padres don Fulano de tal, etc. Aquí no podemos decir lo mismo. Otro complejo que si bien lo mortificó íntimamente a nuestro futuro sabio, lo aisló aún más, dado sus imperativos psicológicos, lo que le permitió una segunda victoria sobre el medio, conquistando el resto de libertad del tiempo para sí mismo.
Su cerebro al fin estaba solo, como una cumbre en las alturas, se ha despojado de todo lo que podía ser un estorbo, de toda contingente complicación, ha ido arrojando lastre, hasta el final, por fin, su inteligencia está libre, absolutamente libre, y se eleva como el aeróstato, pasadas las bajas zonas tormentosas, en el absoluto equilibrio de la serenidad de las alturas, y cuanto más, su espíritu se permite una postura humana, es entre voltairiana y ática.
1892, tiene 30 años, es nombrado director de la Oficina Química, en la cual 7 años antes, sin ninguna preparación especial, entrará de ayudante bajo la dirección de Schickendantz. Y ahora es el momento de discutir su autodidactismo. Sin negar lo propicio de la época y la influencia que pudo ejercer sobre el joven estudioso la vigorosa personalidad de Schickendantz. Para mí, con Colegio Nacional o sin él, con Schickendantz o sin él, Lillo hubiera sido imperativamente Lillo. De Schickendantz sabemos que fue un excelente químico y un buen naturalista. Pudo animar y orientar parcialmente en algunas direcciones a esta vigorosa personalidad. Está fuera de duda. ¿Pero quién le inicia en lingüística? (Conocía por lo menos seis idiomas vivos, griego, latín y varias lenguas y dialectos autóctonos.) ¿Quién en humanidades, quién en todas las demás ramas del saber humano que le son familiares? Nadie.
Verdad es, su amistad con Schickendantz; y yo lo he escuchado pronunciar siempre su nombre con gran respeto: «¡Ah, Schickendantz!», y con esto para los entendidos había dicho demasiado. Autodidacta o no, posiblemente sí, y formidable. Fue lo que debió ser. Está formado ya.
1896, profundiza la Física y la Química, aborda la Zoología (habiéndose ocupado de Botánica, su disciplina predilecta, casi continuamente).
1897, estudia concienzudamente los reptiles y batracios tucumanos. Su erudición ya se perfila.
1898, emprende un viaje de estudio por Europa y él apunta: “A mi regreso mi vocación por la Historia Natural está definitivamente resuelta”.
1900, dedica su atención y su tiempo a la fauna alada del norte argentino y reúne la colección ornitológica más completa que existe en los museos del mundo. Da a conocer sus resultados con un género y varias especies nuevas por él descubiertas y por él clasificadas.
1905, el mundo científico argentino comienza a fijarse en él.
1907, es nombrado miembro correspondiente de la Academia de la Universidad de La Plata. Se ocupa seriamente de la sistemática y enriquece sus herbarios y anaqueles a punto tal, que a su muerte deja las colecciones más valiosas y más completas de la flora y la fauna regional argentina. En su biblioteca se ordenan más de 12.000 títulos, algunos únicos en su país y de un valor inestimable.
1908, publica la Flora Tucumana.
1910, con motivo de la Exposición del Centenario: “Contribución al conocimiento de los árboles de la República Argentina” (colección que ha sido exhibida en varias exposiciones).
1913, el superior gobierno de la Nación, con su nombre integra la comisión nacional para el estudio de la Flora Argentina. Su nombre y autoridad científica son conocidos y respetados dentro y fuera del país.
1914, el Consejo Superior de la Universidad de La Plata, en un acto de alta justicia, le otorga el diploma de Doctor Honoris Causa, único título académico que poseyó en su vida; y aborda el estudio de las Bromeliáceas y Compuestas argentinas, y la reciente Universidad de Tucumán lo incorpora a su personal docente y más tarde es nombrado consejero vitalicio.
1918, sufrió una injusta mortificación, abandona el Colegio Nacional, al hablarse entre algunos estudiantes de su incompetencia pedagógica.
1928 completa sus estudios y es el trabajador incansable y silencioso a punto tal que podía decir, sin vanidad alguna, lo de aquel erudito latino que se llamó Terencio y quien hizo decir a su personaje: “Hombre soy y ninguna cosa humana me es indiferente”; y si esto a la ciencia y al conocimiento se refiere como actividad humana, su vida y su aspiración estuvo en el centro de este pensamiento.
La Universidad de La Plata le confiere la máxima recompensa a los estudiosos de Ciencias Naturales, el Premio Francisco P. Moreno, y en un acto que es verdaderamente una apoteosis, el ministro de Instrucción Pública, trasladado a Tucumán, preside solemnemente el acto.
1931, retirado ya de toda actividad, entregado sólo a sus íntimos, fallece como ha vivido, humilde y silenciosamente, el 4 de mayo a hora crepuscular.
Todos sus bienes, incluso colecciones, bibliotecas, etc., afán de tantos años y el prestigio de su nombre, constituyen un legado ejemplar e inestimable, que es hoy orgullo de su tierra y un templo a su memoria.





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